Cuento modificado de la Gamita ciega
20.12.2014 18:22
Horacio Quiroga
(1879-1937)
LA GAMA CIEGA
(Cuentos de la selva, 1918)
I. Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.
II. Hay que mirar bien el río y quedarse quieto antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés.
III. Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.
IV. Cuando se come pasto del suelo hay que mirar siempre antes los yuyos, para ver si hay víboras.
Este es el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre la dejó andar sola. Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color oscuro, como el de las pizarras. ¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo, pero como era muy traviesa, dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó. Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban apuradas por encima. La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. Hay abejas así. En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contenta fue a contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente. —Ten mucho cuidado, mi hija —le dijo—, con los nidos de abejas. La miel es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los nidos que veas. La gamita gritó contenta: — ¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las huras sí pican; las abejas, no. —Estás equivocada, mi hija —continuó la madre—. Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija, porque me vas a dar un gran disgusto. — ¡Sí, mamá! ¡Sí, mamá! —respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a la mañana siguiente, fue seguir los senderos que habían abierto los hombres en el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas. Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El nido también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas abejas eran más grandes, la miel debía ser más rica. Se acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas, creyó que su mamá exageraba, como exageraban siempre las madres de las gamitas. Entonces le dio un gran cabezazo al nido. ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Salieron en seguida cientos de avispas, miles de avispas que le picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho peor, en los mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos. La gamita, loca de dolor corrió y corrió gritando, hasta que de repente tuvo que pararse porque no veía más: estaba ciega, ciega del todo. Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó quieta entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar desesperadamente. — ¡Mamá!... ¡Mamá!... Su madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso hasta su cubil con la cabeza de su hija recostada en su pescuezo, y los bichos del monte que encontraban en el camino, se acercaban todos a mirar los ojos de la infeliz gamita. La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía bien que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero era un hombre bueno. La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir a pedir una carta de recomendación al oso hormiguero, que era gran amigo del hombre. Salió, pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo el monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo, no podía dar un paso más de cansancio. Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una especie pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que pasan por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil porque viven siempre en los árboles, y se cuelgan de la cola. ¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el oso hormiguero y el cazador? Nadie lo sabía en el monte; pero alguna vez ha de llegar el motivo a nuestros oídos. La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero. — ¡Tan!, ¡tan!, ¡tan! —llamó jadeante. — ¿Quién es? —respondió el oso hormiguero. — ¡Soy yo, la gama! — ¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama? —Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega. — ¿Ah, la gamita? —Le respondió el oso hormiguero—. Es una buena persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito... Muéstrele esto, y la atenderá. Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una cabeza seca de víbora, completamente seca, que tenía aún los colmillos venenosos. —Muéstrele esto —dijo aún el comedor de hormigas—. No se precisa más. — ¡Gracias, oso hormiguero! —Respondió contenta la gama—. Usted también es una buena persona. Cuando ya iba camino a la casa del cazador se encontraron con un zorro, todo el mundo lo conocía por estafador y embustero, la mamá Gama quería evitarlo pero cuando iban cruzando un sendero el zorro se les atravesó y les dijo —Veo que tu hijita está muy mal, yo tengo un remedio infalible a un precio realmente barato — —No, muchas gracias — contestó la mamá Gama —Ya vamos con el cazador — El zorro sonrió malévolamente — ¿De verdad quieres llevarla con él?, ¿sabes en cuánto podría vender la piel de tu dulce Gamita? — La madre sintió escalofríos ante horripilante idea, así que convencida siguió al zorro hasta su cueva. Cuando llegaron le pidió que colocara a la Gamita en una piedra boca abajo mientras él iba por unas hiervas. Regresó al poco rato con unas ramas sucias y muy olorosas, se las puso sobre los ojos y comenzó a cantar cosas absurdas. La madre incómoda le dijo que mejor la llevaría a otra parte pero el zorro le advirtió que ya estaba a punto de terminar, que mejor le trajera unas moras rojas para acelerar el proceso. Cuando volvió a la cueva del zorro, ni él ni su hijita estaban en la piedra, asustada comenzó a buscarlos pero no los encontró, se habían esfumado como el aire. Nunca más los volvieron a ver, ni a la Gamita ni al zorro, nadie sabía que en realidad ese zorro malvado era un brujo y le gustaba llevarse a los animalitos más jóvenes para usarlos en sus hechizos y brebajes. Pasó mucho tiempo antes de que el zorro volviera a aparecerse en el bosque, la mamá Gama ya era muy vieja y su rostro se había entristecido por la pena, cuando vio al zorro nuevamente se abalanzó sobre él y le dijo — ¡Dame a mi Gamita maldito zorro, la quiero de vuelta! — Un humo se interpuso entre ellos y apareció la Gamita sana y salva como si ella nunca hubiera sido tocada por el tiempo. Las Gamas se abrazaron con alegría, ese zorro no era tan malo después de todo. —Ella siempre fue buena y obediente mientras estuvo conmigo, por eso madre Gama te la devuelvo tan sana y reluciente como la ves. Hasta pronto — El zorro se desvaneció ante sus ojos, cuenta la leyenda que cada cierto tiempo vuelve a aparecerse para curar a los animales enfermos.